La Santísima Trinidad

Ciclo B

27 de mayo de 2018

El Señor es el Dios del cielo y de la tierra. No hay otro. Dios es uno. Este es el anuncio que la Iglesia hereda de la tradición veterotestamentaria, y que continúa proclamando al mundo entero. Pero no se trata sólo de una información que nutre la inteligencia. Moisés exhorta al pueblo a hacerse conscientes de que el conocimiento de Dios ha sido, ante todo, una experiencia de la bondad divina, que se ha mostrado grande con ellos al haberlos buscado y al haber hecho de ellos un pueblo, su pueblo. Un pueblo que adquiere su identidad y su trabazón precisamente en pertenecerle a Dios. Por ello, debe grabar en su corazón la fe y cumplir las leyes y mandatos que le prescribe, para ser feliz.

La presencia de nuestro Señor Jesucristo entre nosotros no altera la fe en el único Dios. Pero abre dos panoramas inmensos. En primer lugar, el del misterio central de su revelación: él mismo es el Hijo de Dios, y él envía del Padre al Espíritu Santo. En segundo lugar, el del horizonte de la elección divina: sin olvidar jamás al pueblo elegido, ensancha su pertenencia de modo que un nuevo pueblo surge con el envío de los discípulos a todas las naciones. El Dios uno que se da a conocer como Padre, Hijo y Espíritu Santo no es tampoco en este caso una simple información. Es una experiencia de gracia, que vincula a los creyentes con el único Dios, en su misterio tripersonal. San Pablo lo describe de manera hermosísima. Por Jesús, el Hijo único de Dios, nosotros llegamos a ser también hijos. Recibimos el Espíritu Santo, que es para nosotros un espíritu de hijos, en virtud del cual podemos llamar Padre a Dios. ¿Qué hace el Espíritu Santo en nuestros corazones? Da testimonio de que somos hijos de Dios. Y esta condición se debe a nuestra asociación con Jesucristo: si somos hijos, somos también herederos de Dios y coherederos con Cristo, puesto que sufrimos con Él para ser glorificados en Él. Por la muerte y resurrección de nuestro Señor, hemos quedado injertados al árbol eterno de la vitalidad de Dios, y participamos de su amor.

El principio de esta relación con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, de este dinamismo hacia el Padre, por Cristo en el Espíritu Santo, es nuestro bautismo. La instrucción recibida por la Iglesia es precisamente la de hacer discípulos entre todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La unidad divina se expresa también en esta fórmula, al no hablar de tres nombres, sino de un solo nombre, porque es el nombre de Dios. Pero ese nombre bendito, cuya mención exige toda reverencia, es el nombre de esos tres que son el único Dios. La referencia al nombre, además, evoca la continuidad con la experiencia de Israel, que había recibido por medio de Moisés la develación del nombre de Dios, que en su misterio inaccesible se ofrecía, sin embargo, por amor a su pueblo, para salvarlo. De la misma manera que Moisés recibió de Dios mismo los mandamientos que señalaban el orden moral y que adquirían, además, la fuerza de signos de la alianza, Jesús indicó que la relación con las tres divinas personas quedaba también sellada por la transmisión del Evangelio: hay que enseñar a todas las naciones a cumplir todo cuanto Él nos ha mandado. El misterio revelado implica también vivir en referencia a él.

Ni para Israel el cumplir los mandamientos ni para la Iglesia vivir conforme al Evangelio es algo sencillo. Más aún, podría parecer imposible. Sin embargo, en las dos etapas de la revelación divina Dios mismo se ha ofrecido como garante de esta plenitud, que es, además, felicidad para el ser humano. Israel aprendió a reconocer que Dios estaba con ellos, que Él no era alguien distante e indiferente ante el decurso de la historia, sino alguien cercano y amoroso, fiel y misericordioso, que sabía perdonar e impulsaba la fidelidad con su propio compromiso. Ese “Dios con nosotros” terminó por revelar su rostro en Jesucristo, que al inicio del Evangelio según san Mateo se manifestó precisamente a José como Emmanuel, y que al cierre del mismo texto promete estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Si el nombre de Dios revelaba a Moisés la alianza de permanecer fiel a su pueblo como salvador, el mismo nombre de Jesús confirma que Él es Dios que nos salva –eso significa, precisamente, el dulce nombre “Jesús”–. Declaración firme de un amor que no se arredra ante nuestra pequeñez y fragilidad, y que nos otorga en verdad el perdón de los pecados y la elevación a la condición de hijos de Dios por adopción.

Hoy cantamos, agradecidos, al Dios que se nos ha manifestado y que se ha relacionado familiarmente con nosotros. Lo hacemos como expresión de una experiencia que nos sobrepasa, pero también nos envuelve y eleva. Así lo decimos en el prefacio de esa santa misa, insuperable alabanza al Dios Uno y Trino, dando gracias al Padre que con su Hijo único y el Espíritu Santo es un solo Dios, un solo Señor, no en la singularidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancia, de modo que, al proclamar nuestra fe en la verdadera y eterna divinidad, adoramos a tres personas distintas, en la unidad de un solo ser e iguales en su majestad. A Él, Padre, Hijo y Espíritu Santo, el Dios que es, que era y que vendrá, toda gloria y todo honor por los siglos de los siglos.

Lecturas

Del libro del Deuteronomio (4,32-34.39-40)

En aquellos días, habló Moisés al pueblo y le dijo: “Pregunta a los tiempos pasados, investiga desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra. ¿Hubo jamás, desde un extremo al otro del cielo, una cosa tan grande como ésta? ¿Se oyó algo semejante? ¿Qué pueblo ha oído, sin perecer, que Dios le hable desde el fuego, como tú lo has oído? ¿Hubo algún dios que haya ido a buscarse un pueblo en medio de otro pueblo, a fuerza de pruebas, de milagros y de guerras, con mano fuerte y brazo poderoso? ¿Hubo acaso hechos tan grandes como los que, ante sus propios ojos, hizo por ustedes en Egipto el Señor su Dios? Reconoce, pues, y graba hoy en tu corazón que el Señor es el Dios del cielo y de la tierra y que no hay otro. Cumple sus leyes y mandamientos, que yo te prescribo hoy, para que seas feliz tú y tu descendencia, y para que vivas muchos años en la tierra que el Señor, tu Dios, te da para siempre”.

Salmo Responsorial (Sal 32)

R/. Dichoso el pueblo escogido por Dios.

Sincera es la palabra del Señor
y todas sus acciones son leales.
Él ama la justicia y el derecho,
la tierra llena está de sus bondades. R/.

La palabra del Señor hizo los cielos
y su aliento, los astros;
pues el Señor habló y fue hecho todo;
lo mandó con su voz y surgió el orbe. R/.

Cuida el Señor de aquellos que lo temen
y en su bondad confían;
los salva de la muerte
y en épocas de hambre les da vida. R/.

En el Señor está nuestra esperanza,
pues Él es nuestra ayuda y nuestro amparo.
Muéstrate bondadoso con nosotros,
puesto que en ti, Señor, hemos confiado. R/.

De la carta del apóstol san Pablo a los romanos (8,14-17)

Hermanos: Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. No han recibido ustedes un espíritu de esclavos, que los haga temer de nuevo, sino un espíritu de hijos, en virtud del cual podemos llamar Padre a Dios. El mismo Espíritu Santo, a una con nuestro propio espíritu, da testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos de Dios y coherederos con Cristo, puesto que sufrimos con Él para ser glorificados junto con Él.

R/. Aleluya, aleluya. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Al Dios que es, que era y que vendrá. R/.

Del santo Evangelio según san Mateo (28,16-20)

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban. Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.