Domingo IV de Pascua

Ciclo B

22 de abril de 2018

Jesús. No hay otro nombre, ningún otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, por el que debamos salvarnos. Jesús. Ese fue el nombre por el que Pedro, acompañado de Juan, levantó a un tullido junto a la puerta Hermosa del templo. Ese enfermo, confirmó Pedro lleno del Espíritu Santo, quedó sano en el nombre de Jesús. Y para que no hubiera duda de su identidad, la subrayó en referencia a su misterio pascual: Jesús, al que habían crucificado bajo la presión de los jefes del pueblo y los ancianos, la piedra descartada por los constructores, pero convertida en piedra angular por el Dios que lo resucitó de entre los muertos. Jesús, cuya vida triunfante seguimos celebrando en nuestra pascua litúrgica, y a quien hoy particularmente reconocemos como buen pastor.

“Yo soy el buen pastor”, dijo Jesús. Y explicó esta figura también en referencia a su pascua. “El buen pastor da la vida por sus ovejas”. Lo confirma en primera persona: “Yo doy la vida por mis ovejas”.No lo hace como la consecuencia fatal de una serie incontrolable de eventos, sino como producto de su voluntad, como ejercicio de su poder: “Nadie me la quita; yo la doy porque quiero. Tengo poder para darla y lo tengo también para volverla a tomar”. De esta manera, lleva adelante el proyecto salvífico del Padre, con el que se encuentra perfectamente en sintonía de amor: “El Padre me ama porque doy mi vida para volverla a tomar... Éste es el mandato que he recibido de mi Padre”. La Pascua de Cristo, fuente de toda vida definitiva, es el cumplimiento perfecto de la disposición eterna de Dios. El abismo insondable del amor divino se nos asoma, así, realizado precisamente en la entrega del Hijo. Conocemos a Dios y su hermosa lógica de amor y bondad cuando entramos al misterio de la Pascua.

El mismo san Juan que conserva y nos transmite la memoria de esta explicación de Jesús, nos ayuda a llegar aún más lejos en la comprensión del misterio. En el evangelio, nosotros quedamos identificados como ovejas del buen pastor. Hermosa metáfora que nos ayuda a descubrir que, en efecto, Cristo nos cuida y nos defiende, nos orienta a la vida buena y, de hecho, ha muerto por nosotros. Nosotros, por nuestra parte, como ovejas, somos frágiles y necesitamos auxilio y protección. El lenguaje humano es limitado, pero Dios mismo ha querido utilizarlo para hablarnos de sí mismo y de su proyecto de salvación. En su primera carta, el apóstol no nos ubica ya en el simple plano de las ovejas. Nosotros somos llamados también hijos de Dios. En un nivel, sigue siendo un lenguaje humano, para hablar del misterio. Pero son metáforas de revelación. Es el lenguaje que Dios ha querido hacer suyo para mostrarnos su propia realidad y la nuestra, que ha dispuesto vincular profundamente con la suya. Y entonces, hablar de ovejas parece poca cosa. Llega, así, el apóstol, a retomar con realismo, y un realismo trascendente, otra enseñanza del mismo Jesús: somos hijos de Dios. No sólo nos llamamos hijos de Dios. Lo somos en verdad. Aunque en sentido estricto sólo Jesús es el Hijo eterno de Dios, su unigénito amado, al haberse unido a nuestra humanidad, nos ha incorporado a su relación eterna con el Padre.

La conciencia, entonces, de la obra buena que Dios ha hecho por nosotros trasciende toda expectativa humana. En Jesús, nuestro buen pastor, hemos sido conducidos a la condición de hijos de su Padre. Adheridos al que ha dado su vida por nosotros, somos elevados a un estado que nunca hubiéramos podido imaginar ni merecer. El límite del lenguaje, que podemos reconocer de nuestra parte, es transfigurado entonces al ser el instrumento de Dios para dársenos a conocer. El cayado de la cruz es el bastón firme que nos da certeza en el camino y nos permite caminar seguros. Los prados verdes a los que nos lleva no son sólo las agradables estancias del mundo tal como lo conocemos, sino el abrazo eterno de Dios como nuestro Padre. Y así, incluso el lenguaje de la filiación se anuncia limitado. No sólo somos hijos. No se ha manifestado cómo seremos al fin. Esto no cancela nuestra condición de ovejas, ni mucho menos la de hijos. Nos ayuda a reconocer que, más allá de la bella descripción que se nos hace, adecuada a nuestra actual capacidad de comprensión, hay un horizonte aún mayor de vida y de amor, de generosidad y encuentro, de felicidad y gozo, que tiene que ver con el mismo Dios, que nos hace semejantes a Él.  

En el nombre de Jesús, el buen pastor, en ese único y bendito nombre, somos levantados de cualquier postración inhumana, en la puerta hermosa de la presencia de Dios, para ser llevados a una plenitud desbordante, inimaginable, hacia la cual las palabras apuntan con tímido acierto. La celebración pascual nos acerca a este misterio, a la vez con realismo y adelantando una sorpresa aún mayor. Ovejas del mejor de los pastores, del único verdadero pastor, hijos del más amoroso de los padres, del único Padre que inmaculadamente ama, con una certeza presente pero abierta a la ulterior admiración, hoy mismo confirmamos ante el mundo que el Señor es bueno, que su misericordia es eterna, y a Él le damos gracias, lo alabamos y lo bendecimos.

Lecturas

Del libro de los Hechos de los Apóstoles (4,8-12)

En aquellos días, Pedro, lleno del Espíritu Santo, dijo: “Jefes del pueblo y ancianos, puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, para saber cómo fue curado, sépanlo ustedes y sépalo todo el pueblo de Israel: este hombre ha quedado sano en el nombre de Jesús de Nazaret, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos. Este mismo Jesús es la piedra que ustedes, los constructores, han desechado y que ahora es la piedra angular. Ningún otro puede salvarnos, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos”.

Salmo Responsorial (Sal 117)

R/. La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Aleluya.

Te damos gracias, Señor, porque eres bueno,
porque tu misericordia es eterna.
Más vale refugiarse en el Señor,
que buscar con los fuertes una alianza. R/.

Te doy gracias, Señor, pues me escuchaste
y fuiste para mí la salvación.
La piedra que desecharon los constructores,
es ahora la piedra angular.
Esto es obra de la mano del Señor,
es un milagro patente. R/.

Bendito el que viene en nombre del Señor.
Que Dios desde su templo nos bendiga.
Tú eres mi Dios, y te doy gracias.
Tú eres mi Dios, y yo te alabo.
Te damos gracias, Señor, porque eres bueno,
porque tu misericordia es eterna. R/.

De la primera carta del apóstol san Juan (3,1-2)

Queridos hijos: Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos. Si el mundo no nos reconoce, es porque tampoco lo ha reconocido a él. Hermanos míos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado cómo seremos al fin. Y ya sabemos que, cuando él se manifieste, vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

R/. Aleluya, aleluya. Yo soy el buen pastor, dice el Señor; yo conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí. R/.

Del santo Evangelio según san Juan (10,11-18)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas. En cambio, el asalariado, el que no es el pastor ni el dueño de las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; el lobo se arroja sobre ellas y las dispersa, porque a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor, porque conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí, así como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. Yo doy la vida por mis ovejas. Tengo además otras ovejas que no son de este redil y es necesario que las traiga también a ellas; escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor. El Padre me ama porque doy mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita; yo la doy porque quiero. Tengo poder para darla y lo tengo también para volverla a tomar. Éste es el mandato que he recibido de mi Padre”.